lunes, 28 de noviembre de 2011

Escena de sofá y cena - Beatriz Ortega

Adela se levanta del desmullido sofá.

El mundo es demasiado grande, o ella tiene pocas ganas a pesar de tener los medios. A veces sobrevivimos, porque no nos queda más remedio. Pero nos vamos de- formando. Entonces nos inquieta que nadie nos preguntara si realmente queremos ser lo que vamos siendo. En ocasiones creo que el ritmo de vida que nos obligamos a llevar nos impide conservar ciertos valores que entendíamos como principios para ser nosotros mismos.


En ese momento él entra en casa. Le pide un beso mientras se quita la chaqueta. No la mira, a ella, que siempre le ha regalado los cariños al ritmo de sus impulsos. Quizás la mire, pero no la ve. Intenta confundirla con palabras. Lo logra. Con un beso le recuerda que sigue a su lado. Él por un momento cree que es feliz. Le incomoda tanta felicidad. Le asusta tener que rendir cuentas y sabe que ella lo sabe. Adela se arrepiente de volver a demostrarle su cariño incondicional mientras él avanza hacia atrás. Tiene frío. El invierno ha llegado, piensa.
- Cariño, ¿hay algo de cenar? Pico algo y me voy a casa de Antonio, hemos quedado para ver el fútbol. - Es increíble su capacidad de escaquearse de las situaciones mínimamente comprometidas. -Si, hazte un bocata, he comprado lomo y pan del que te gusta. - Se pega a su ausencia. Él no está. Ya no. Aunque estuviera en este sofá con sus labios a un centímetro de los de Adela. Intenta recordar un momento en que se haya sentido querida por él. Resbala en el intento.

Vuelve a ese sofá. Le pesa la vida. Le pesa esta serie de televisión en la que todos sonríen. No saber nunca a donde ir. La quietud de su alma, y su ambición por buscar un resguardo tierno. Le pesa elegir entre malas razones. Su sonrisa obligada cuando él vuelve de trabajar. Este inquietante mar en calma. El vacío, la desgana, las noches de abandono. Los días que no van a volver mientras sigue en el desmullido sofá. Las caricias que no le han dado. Le pesan los baches de esta carretera antigua. Que vaya a caer el sol, sin reparar en ello. Los silencios de sus noches y las pasiones sin pasión.

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