Tenía las manos frías y arrastraba sus pequeños pies. Acompañaban a sus pasos lentos pensamientos confusos, y asumía, a duras penas, el riesgo de vincularse tanto a las personas. Le gustaba observar a la gente, y se enamoraba inevitablemente de cada historia que le contaban. Se reía a carcajadas sin importarle cuántos se escandalizaran. La sonoridad de su risa iba a juego con la inquietud de su alma.
Le asustaba que la gente no luchara por sus sueños, el conformismo, le asustaba la prisa, la sobriedad, los que no miran hacia arriba, los que pasan indiferentes ante la sonrisa de un niño y los que de vez en cuando no hacen un alto en el camino para respirar el aire puro. Soñaba con volar. Ver la ciudad desde el cielo.
Con cierta distancia las cosas se ven mejor. En sus sueños, aparece siempre volando sobre el mar, acompañada de alguien cuya cara nunca consigue reconstruir y se desmorona al despertar.
Ha encontrado una foto. Entre los papeles del cajón. Sale mirándole como nunca ha vuelto a mirar a nadie. Se extraña de que no se diera cuenta en su momento, y de que, ahora que ella se había protegido de sus ilusos deseos alejándose, él hubiera comenzado a reparar en ello.
Se cuestionaba si todo aquello hubiera sido un hogar o una cadena de cotidianidades insanas. Ella siempre se encontraba preguntándose, aunque esta vez se protegiera de sus propias dudas, buscando desesperadamente una respuesta clara. Sí. No. Soñar tiene un precio, pero a veces no hacerlo es lo que realmente pesa. Dejar de lado el pasado como a un trasto del baúl donde escondemos aquellos recuerdos que no somos capaces de salvar. El fuego de entonces es ahora un cuchillo que no corta pero avisa con pequeños pero insistentes pinchazos. Querer ver el futuro, no adivinarlo. El miedo al miedo, el miedo a no tambalear, a olvidar sus utopías. El miedo a no dudar hacía de ella ahora una chica de ojos tristes y pasos cansados. Ella quería volar. "No sé seguir. No puedo. No sé." -Pensó. Hoy era más difícil pararse a soñar, pero también más necesario, pues estaba asustada de si misma, de su coraza de papel arrugado. De su falsa confianza en la cautela. De la necesidad de verse lejos para medir distancias.
"Que por muy fuerte que sujetes el arma no hay guerra que se deje ganar".
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